Sin duda la televisión sigue siendo el paradigma informativo de la mayoría de los hogares. La oferta de canales ofrece un abanico muy amplio para elegir qué tipo de programas deseamos ver: informativos, lúdicos, concursos, “del corazón” o simplemente de divulgación. Aunque la relación que se establece entre el espectador y el canal que elige es unívoca, no cabe duda que existe un “diálogo tácito” entre ambos que suele traducirse en los tan temidos índices de audiencia (si me gusta, lo veo y ello aumentará la cuota de pantalla del mismo). Sería una ecuación demasiado fácil de resolver si no fuera porque hay incógnitas que jamás llegan a despejarse, por ejemplo ¿por qué tiene éxito un programa que por su contenido todo el mundo afirma despreciar? ¿por qué fracasan algunas emisiones a pesar de haber hecho sondeos y estudios exhaustivos para garantizar su éxito? Pues porque la última palabra siempre la tiene el receptor, quién es soberano de su voluntad y puede cambiar de opinión siempre que le venga en gana, o mentir en los sondeos.

Debemos ser conscientes que todos los canales son empresas, y como tales, diseñan y orientan sus políticas a mejorar su competitividad y a rentabilizar su capital, pero muy pocas practican una conducta de responsabilidad social, esa que comprende una ética que no ignore las consecuencias de sus actuaciones, puesto que, a fin de cuentas, están creando opinión y son referencia de una gran parte la sociedad. Los consumidores han de ser considerados como interlocutores inteligentes y por ello la empresa tiene que tener en cuenta sus intereses.

Sin embargo, la gran mayoría de las cadenas ignora tales intereses con la inclusión en sus parrillas de programación de programas que son un ataque continuo al derecho al honor y a la intimidad, y lo que es más grave, impidiendo al ciudadano a obtener una información veraz y no manipulada.

Es curioso que, a su vez, estas mismas cadenas abanderen proyectos sociales (hartamente auto publicitados) y sin embargo ejerzan una despótica y despiadada política laboral que somete a sus empleados a contratos precarios amparados en subterfugios legales. Y más curioso es aún que sustituyan a periodistas por legiones de advenedizos (que en el mejor de los casos son famosos por ser concursantes de un “reality show” ) sin preparación y cuyo único objetivo es llenar sus arcas en el más corto espacio de tiempo.

¿Qué es lo que falla? Está claro que para las cadenas de televisión no hay ningún fallo, puesto que sus beneficios se incrementan de manera espectacular y suelen justificar estas actuaciones con un lema absolutamente sofista: “damos lo que la audiencia pide”.

¿Realmente pedimos que nos alienen? Supuestamente no, pero es muy fácil caer en la “adicción” a este tipo de emisiones si nos bombardean constantemente con ellas. Sin embargo, siempre queda la opción de cambiar de canal o más fácil aún: APAGAR EL TELEVISOR.